Encontré un conejo a la salida
de mi casa.
Me acerqué despacio
para no espantarlo,
porque las ruedas no distinguen
entre conejos y personas.
Era blanco cuando lo asenté
sobre el sillón negro del living.
Tardé una hora para ducharme
y cuando volví
apenas si podía distinguirlo.
Sus ojos
eran lo único que tenía color,
un color rosado, de herida.
Se apeó de un salto
y se puso a rascar la puerta.
En mi cabeza
antes de abrir
oí que me anunciaba:
prefiero estar aplastado contra el asfalto
que encerrado aquí adentro.
A nadie le gusta estar en jaulas, aunque sean de oro...
ResponderEliminarGracias por tu visita y por tu comentario.
Me quedo a seguirte.
Un abrazo.
hermoso corretea feliz por tu poema...
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